miércoles, junio 20, 2007

El sentido del olvido.

Y ya crecí.
Ahora tengo diecisiete, no doce, entiendo como son las cosas, entiendo lo que pasa, porque pasa. Comprendo las razones de mi deseo frustrado de tener una familia numerosa por herencia, me quedó ese trauma de la infancia y del asado del domingo, de las navidades y los fuegos artificiales, de papá noel con la bata verde de la abuela. Ahora todo cambió, y me entristece saber que todo llegó al punto más feo que esperábamos por acá y que nadie venía ver por allá. Lamento no haber sido una buena nieta durante estos últimos cinco años, pero tampoco me hecho la culpa, yo no me alejé de la familia, ellos se alejaron de mí. Nunca más se va a disfrazar de mujer como en esa foto que estará archivada en nosé donde, nunca más me va sorprender escondiendose atrás de la puerta ni haciendo monerías, como cuando era una nenita y me divertía que mi abuela gritara "ALBERT!", nunca más me va a recordar como era esa canción en alemán, ni me va a enseñar frases. La infancia se fué, la memoria de mi abuelo también, ahora está ahí, sin saber quién soy yo, sin saber quién es nadie, y en este momento me siento culpable de no haber caminado menos de media cuadra a visitar a mi abuelo el divertido hace cinco años atrás. Y papá que aunque ya no nos demostremos afecto me destroza, aunque el sea tosco y yo no me anime a acercarme, me destroza lo que pueda estar sintiendo en este momento, que de seguro es más fuerte que cada uno de mis dolores adolescentes. Me estoy lamentando la pérdida de una familia que a veces pienso, nunca existió, me estoy lamentando cosas que no hice, cosas a las que me sometió nacer con este apellido que llevo con honrra porque me lo dió mi papá que es un buen tipo a diferencia de otras personas de mi sangre, que llevo con honrra porque es el apellido de mi abuelo que nunca hizo diferencias, que siempre nos quiso a todos por igual; pero ahora no se acuerda de quién soy la mayoría de las veces, y no porque no quiera, si no porque le tocó vivir la enfermedad más triste que no es física si no mental. Un calvario para quién lo vive, un calvario escuchar como lo vive.

Esta vez se lo dedico a mi abuelo que es de la década del veinte y no sabe usar una computadora, ni se acuerda de mi nombre, pero dejo dicho que a pesar de que hace años que la familia no es lo mismo, yo lo quiero y me duele que su destino haya sido este, en vez de uno mejor. Los buenos siempre pagan por los malos, y yerba mala nunca muere.
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1 comentario:

Anónimo dijo...

me gusto mucho el relato
:)

te agrego en mis contactos

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